Ahora iba manejando y empezó a sonar una canción en el radio, y al escucharla con atención me di cuenta de las cosas que he hecho mal en los últimos meses. Cayó sobre mi como un peso inexorable una lucidez respecto a los desaciertos y no era culpa, estoy segura de que era algo peor, algo que te empuja y que no puedes ni evadir ni detener. Supongo que la culpa implica conmiseración y lloriqueos, pero esa canción me dijo clarmente: MARTHA, LA CAGASTE. Y fue monumental. No había donde esconderse, la radio me estaba acusando con toda justicia. Hubiera querido que un rayo me desintegrara antes que entrar en contacto con esa certeza. COBARDE. Si. Eso lo explica casi todo.

Yo pensaba que las cosas podían ponerse feas, pero la realidad superó sus amenazas, y aunque a veces pienso en el hubiera, lo más patético fue que me dejé apabullar por un sujeto que ostentaba terrores imaginarios y en el intercambio salí perdiendo no por asumir el riesgo de mis desiciones sino por cobarde.

Perdí e hice a otros perder. Y ahora estoy perdida.

No tiene sentido esta discusión. Ahora sólo me queda resignarme a creer que de todos los universos posibles este es el mejor. Mis sentimientos acusatorios permanecerán latentes hasta que el radio me hable otra vez. Ya ni siquiera recuerdo que canción era.

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