Antier leí una de esas pocas cosas que cuando las lees, te cambian la vida. Y me queda claro que en literatura se es infinitamente más libre que en pintura.

Algo que te cambia la vida, según mi corta y por demás absurda experiencia, es algo que te acontece sin anticiparlo: te «toma» por sorpersa, te sacude, te arroja. Y debe transcurrir un tiempo razonable hasta que terminas de abarcarlo y/o termina de abarcarte. Y se me vine a la mente, divagando un poco, algo que leí sobre la belleza en El sentido de construír de Jesús Rábago donde se asume desde Santo Tomás de Aquino hasta nuestros días que la belleza es una relación de mutua afección.

¿Y por qué precisamente la belleza? bueno a mi me «tomó» cuando leí el texto.  No son jaladas y no es que siempre sea eso, pero lo fué en este caso cuando leí en la publicación electrónica Societarts un texto de Luisa Valenzuela¹ titulado Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja; (Re)Lectura y sobreinterpretación de los Cuentos de Hadas.²

caperucita roja

Pierre Nicole, profesor de filosofía y literatura en el monasterio de Port Royal en el siglo XVII define la belleza como la relación entre un objeto o cosa percibida y el sujeto o su perceptor: «para que algo sea hermoso, no es suficiente que sea simplemente acorde con su propia naturaleza; debe tener también una relación adecuada con la nuestra»(Barasch, 1991:170)

Partiendo del supuesto de que la belleza fuere un juicio que hace corresponder las experiencias de las cosas con las de los observadores, esto conformaría un diálogo sensible. Y por lo tanto he abierto una relación entre un texto y yo.

No me interesa explicar cómo esta relación arroja informaciones sobre mis propios modos de conformar una metalectura que me presente las experiencias de vida de la autora y hayar similitud con las mías propias. Pero hay cierta riqueza que proviene precisamente de esta relación, y es a través del texto que encuentro una secuencia lineal y narrativa (hasta cierto punto predecible desde las intuiciones) de las experiencias románticas autodestructivas de mi juventud temprana y es así como sin buscar el desenlace(del cuento y de mi vida), lo encuentro.

La historia de la mujer del cuento es una historia que se nutre de lo real y tiene muy poco de ficticia.

Me choca el feminismo. Hasta cierto punto podría considerarme misógina pero no del todo, es una especie de reserva, mejor dicho un resguardo de la inundación de estrógeno -que me resulta incomodísima- vertido a caudales por algunas que sobreactúan su condicionante de género y lo explotan quizá al límite de la cursilería. Y eso es manipulador y ruín. Autores como Luisa nos regresan a un origen sano, a una sobriedad excluyente.

Es exquisito leerla. Su relectura es cachondísima. Encontré las advertencias de mi madre y advertí mi propio lobo (en la lejanía de su recuerdo opaco). Ese lobo tan escaso, efímero. Tan amado.

Volveré al principio. Si en literatura somos infinitamente más libres que en pintura es por que a la pintura la persigue por una parte su pasado pesado y por el otro esta especie de progresismo inmanifiesto donde se exige llevarla al límite y cada vez más allá en una obsesión inalcanzable, prima la consigna de lo novedoso en una era donde la inmediatéz de la imágen y la forma en que el cerebro la procesa automaticamente en un intento de comprensión, de reducción a su forma más simplificada, nos aleja de lo que es inerente a sus condiciones particulares, por ejemplo que no es sino a través de la animalidad o sensiblilidad bruta que nos atrapa.

El público, impuesto a una cantidad cada vez mayor de estímulos, que crecen exponencialmente en diversidad, superficialidad, intensidad y velocidad se para frente a un cuadro deseando que sea una pantalla de plasma.

Y es ahí donde la sensibilidad se encuentra digamos…enferma. Pero se responsabiliza a la pintura por que no alcanza.

En literatura se aborda cualquier cosa, se presume abundante, pródiga, con sus fases de depresión y negación pero al fin  de cuentas inagotable. La pintura se siente inacabada, desfasada, agotada. Queremos que la pintura sea literatura y esto es aberrante. No opera comunicando, para empezar no existe un lenguaje y trasciende el tema y la forma, vá más allá del modelo de representación.

Baudrilard acusa severamente a la pintura de estar presentando como una nueva tendencia una especie de vómito de sí, antipintura. Digamos que no es muy nueva pero sigue siendo recurrente, y es que ya se ha convertido en una fórmula probada y en un sin sentido que capta la atención del morbo posando la mirada en el sitio donde estamos rotos gritando muy fuerte algo que a fin de cuentas nos aturde pero ni entendemos .

Yo siento amor por los materiales. Quizá tengo receptores gustativos en las manos, y ese es todo mi pedo.

La lectura me marcó por que es nutritiva. Hecha luz sobre los rincones polvorosos. Esta revelación  sabemos que a fin de cuentas, no descubre nada del todo nuevo, pero nos conecta con el interior, es el orden que se deja ver.

Esta relectura podría ser incluso didáctica. Yo, señorita, hubiera querido saber en que me metía cuando con él me metía. Hasta el límite de las fauces y todas sus etapas ¿donde terminan? y cuando me pregunto por las noches ¿esta sensación se me irá? ¿olvidaré? encuentro la irónica y no menos verdadera respuesta del fin último de las caperucitas. No voy a arruinar el final. Vale la pena sonrojarse, suspirar, temer.

¹Autor: Luisa Valenzuela. * Luisa Valenzuela nació en 1938 en Buenos Aires, ciudad en donde comenzó a trabajar en periodismo desde muy joven. Ha sido colaboradora de la revista Crisis y del diario La Nación, entre otros medios. Vivió en Francia –allí escribió su primera novela a los veintiún años– y en los Estados Unidos, donde dictó talleres en las universidades de Columbia y Nueva York. Narradora de registro personal, con notable capacidad para el humor y el grotesco, ha publicado doce libros; entre otros, las novelas Realidad nacional desde la cama, El gato eficaz y Novela negra con argentinos y los volúmenes de cuentos Aquí pasan cosas raras y Simetrías. Su obra ha sido íntegramente traducida al inglés y parcialmente a numerosos idiomas, además de haberse convertido en objeto de estudio frecuente en universidades de los Estados Unidos y de Europa. Entre sus obras: * Hay que sonreír (1966) * Los heréticos (1967) * El gato eficaz (1972) * Aquí pasan cosas raras (1976) * Como en la guerra (1977) * Libro que no muerde (1980) * Cambio de armas (1982) o De noche soy tu caballo * Donde viven las águilas (1983) * Cola de lagartija (1983) * One siren or another/ Unas y otras sirenas (1988) o Visión de reojo o Los mejores calzados * Realidad nacional desde la cama (1990) * Novela negra con argentinos (1991) * Simetrías (1993) o Tango
²Valenzuela, Luisa (2009). Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja; (Re)Lectura y sobreinterpretación de los Cuentos de Hadas. Societarts. Revista de artes, ciencias sociales y humanidades. Recuperado el 25 de octubre de 2009, en:

http://societarts.com/resenas-opinion/si-esto-es-la-vida-yo-soy-caperucita-roja-relectura-y-sobreinterpretacion-de-los-cuentos-de-hadas/

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